Dos venezolanos introducen el ron en Camboya


Por: Faitha Nahmens

Ni la globalización, que comenzó en 1492, y desde entonces abrevia el mundo y acorta las distancias, ni la tecnología, con que nos rastreamos y olfateamos, y se ha llevado por delante los misterios de la geografía, ninguna ha podido barrer con el asombro —y la maravilla— de un encuentro fortuito en un lugar improbable. Resulta sorprendente el encuentro de dos exalumnos del mismo colegio caraqueño en el tan poco convencional destino de Nom Pen, la capital de Camboya, y más aún la ocurrencia que se deriva de la azarosa circunstancia. Daniel Pacheco, que presentara como tesis de grado en Nueva York una propuesta para la captación de energía solar, y tiene la ocurrencia de ponerla en práctica en el país asiático, se reencuentra allí con el también ingeniero Antonio López de Haro quien desarrolla posibilidades creativas en el mapamundi: ha estado activo en el mundo de la restauración y la gastronomía.

La cita tiene lugar en el reino donde impera un clima similar al nativo: humedad, calor, y un histórico jaleo político. Allí los exestudiantes del Campo Alegre dan rienda suelta al espíritu aventurero que los espejea. Son dos venezolanos jóvenes, andariegos y de mucho vuelo —suman un suculento millaje a bordo de aviones—, que coinciden en aquél país que es mucho más que el horror que tuvo nombre propio, Pol Pot, y cuya condición tropical acaso les remueve el gentilicio; no pasará mucho tiempo para que en medio de la entrañable y productiva reunión concluyan lo mismo: lo fantástico que sería celebrar con un buen ron venezolano. La esencial circunstancia que caracteriza a Camboya, el estar a pata de mingo del progreso y pujando por un mejor futuro, definición común con Venezuela, les sirve de acicate, y entonces surge la siguiente idea: ¿Y qué tal si se convierten, allí mismo, en fabricantes de ron, y crean una marca tan buena que se convierta en producto bandera y orgullo de exportación de los camboyanos? ¿Quién dice que no pueden ser ellos los pioneros que se harán cargo?

Las gestiones comenzaron de inmediato: investigar, tramitar, crear. No tardó mucho para que del manos a la obra pasaran a tener la obra en sus manos. Cuatro años después de que comenzara el sueño, y transitaran experiencias comerciales, económicas y gastronómicas impensadas en el inicial lapso de vértigo, Daniel Pacheco y Antonio López de Haro son ahora los socios fabricantes de un producto inédito pero celebrado por la crítica, que ya compite y obtiene medallas en catas y concursos extrafronteras. Que comienza a seducir a los curiosos paladares locales y a establecerse como novedad, rompiendo esquemas, en tierra de destilados caseros donde, en materia de ron, solo se tenían noticias de Bacardí y Havana Club. Y que está por abrirse espacio en el mercado internacional. Aún sin llegar a su natal Venezuela, se hace presente en forma de suculenta noticia: nació el ron Samai, que en español se traduce como “el que oye” y viene en tres categorías, por ahora.

¿Qué clase de diáspora es esta que hace tantos prodigios como respuesta a cualquier posibilidad de nostalgia? Sin experiencia previa, solo con el recurso de la memoria gustativa —como Armando Scannone, que reconstruiría el menú de casa desde el recuerdo y lo convertiría en ese best-seller que es la guía de la cocina caraqueña— y apertrechados de voluntad, sin conocer las fórmulas y las técnicas, estrenándose en el mundo de las barricas y la destilación, se lanzan al proyecto, adquieren un espacio que pronto equiparán con la maquinaria de punta necesaria para el proceso —que incluye un pot still portugués—, y montan una oficina a cuatro metros, en la acera de enfrente de este laboratorio, en el pequeño edificio que ya les pertenece, en cuya planta baja exponen artículos señeros de la marca, memorabilia y, claro, las botellas de Samai Distillery colmando las vitrinas. E invierten, por supuesto, en contratar personal calificado que buscan aquí y allá con los que hacen el viaje meteórico que va del sueño a la realidad, aunque de procesos con tiempos específicos y añejamientos precisos se trata. Sí, aún falta recorrido, pero ya están en sitial cimero.

“El ron siempre llegó como una oferta exótica a Camboya, y no contaba con demasiados fanáticos”

Historia que entraña un seductor sentido épico, Daniel Pacheco y Antonio López de Haro no han parado desde entonces, cuando decidieron darle forma a aquella apuesta que empieza por zarandear el gusto local y reorientar el mercado de la región, confiados en las cualidades primordiales del producto y valiéndose de la intuición que parece les sobra. “El ron siempre llegó como una oferta exótica a Camboya, y no contaba con demasiados fanáticos, si acaso se consideraba como una opción devaluada para consumir en la calle o acaso como base para mezclar cocteles; no, no era un producto con muy alta reputación, pero, paradójicamente, aquí las condiciones son impecables, por lo que tiene mucho sentido aprovechar la rica oferta de ingredientes locales”, alegan a favor Daniel Pacheco y Antonio López de Haro a través de Skype. Surcado de siembras de caña de azúcar, como ha sido el Caribe, Camboya será una elección que a medida que avanzan en pos de la meta luce cada vez menos intempestiva o arrojada, y más lógica.

Este dueto tendrá la audacia de irrumpir en los paladares acostumbrados a sabores artesanales y crudos creando, casi desde cero, un destilado único con estándares supremos: Samai está calificado como ron de calidad Premium. En realidad ya son tres los productos: Samai Gold, Samai PX Edición Limitada añejada en barriles ex-Pedro Ximenez y el asombroso ron de pimienta. Productos todos deliciosos, delicados, elogiados, tal y como registran las reseñas foráneas. Samai nace sin timideces ni tartamudeos, con aspiraciones de calidad por lo que es elaborado con rigor. “Es aderezado con una rica melaza —entre otras singularidades que hacen tan peculiar el bouquet de este ron—, como la autóctona miel de Ratanakiri, añadido que, como la Kampot Pepper, la icónica pimienta que se produce en Camboya, la hemos usado con resultados fantásticos; como la Champagne de la provincia francesa del mismo nombre, esta especie tiene certificación de origen, y vaya que se nota: esta melaza y la pimienta, sin duda marcan de manera asombrosa la diferencia”, explican Daniel Pacheco y Antonio López. ¿Quién dice que el ron no puede tener variantes?

Samai ya está en aproximadamente 50 bares y restaurantes de Camboya así como en 12 pequeñas tiendas del país

Cuentan con sus voces moduladas a lo largo del largo viaje en el que recorren Tailanda, Burma, Bangladesh, India, Pakistán, Irak, Arabia Saudita, Egipto, Libia, Argelia, Marruecos, Islas Canarias, océano Atlántico, el Caribe y Caracas, que Samai ya está en aproximadamente 50 bares y restaurantes de Camboya así como en 12 pequeñas tiendas del país. Producto exclusivo, toca, sin embargo, adecuarse al incremento de la demanda que comienza a exigirles más, con todo lo que ello implica: mayor inversión para elevar la producción ahora ubicada en 6 mil litros por año. Quieren poder atender las solicitudes de nuevos clientes en Singapur, por ejemplo, donde un bar que vende cocteles ha estado tratando de tener el suave, delicado, profundo sabor de Samai en su exclusiva carta. Sí, se va colando, van cebando el gusto de catadores y consumidores. Y entre otras ocurrencias, con catas dirigidas. Tentadoras. Cada jueves hacen un show room, es decir, abren las puertas de la destilería e invitan al público a degustar: “es una experiencia única”. En horas de la tarde el galpón se convierte en bar: es una fiesta el tour que consiste en hacer una ronda por el espacio con explicación minuciosa de la producción que empieza a las 8 de la mañana y dura hasta la medianoche. La visita incluye ver el cuarto de fermentación donde están 6 tanques de acero inoxidable a temperatura de 27 grados, punto de partida donde la melaza de caña de azúcar se fermenta y se convierte en alcohol.

Ven, mientras beben Samai puro o en las rocas, cómo se da el añadido de la melaza, que se pone dentro del tanque con dos ingredientes más: levadura y agua. Los organismos de la levadura se comerán el azúcar y la convertirán en alcohol y dióxido de carbono al cabo de 5 días. Destilación en marcha, el alcohol, que se evapora a 78 grados, se va a trasegar a través de un espiral que está sumergido en agua fría, y se condensará hasta hacerse líquido. De allí irá a la vasija de recolección, y el etanol caramelo y la vainilla serán los sabores dominantes que explotan en la boca, y he aquí que el proceso ha llegado al punto climático, ese en que se ha conseguido el llamado corazón del gusto. Probar el ron antes puede ser fatal y al final de la destilación el sabor no será grato, “el corazón es la maravilla”.

“La Kampot Pepper le da al ron un sugerente y muy distintivo aroma dulce con algunos tonos de guayaba y eucalipto, es un aroma suave pero pronunciado”

Por último, la destilado va a barricas de roble americano y francés —nuevas y ex-bourbon— y ahí se queda respirando, añejándose por lo menos un año antes de ser mezclado. “En Venezuela no es ron si no se añeja dos años, nosotros nos acercamos a esa medida. Embotellamos luego de año y medio para permitirle al néctar un profundo desarrollo”. El maestro ronero prueba cada barril cuidadosamente, hace su magia en forma de mezcla perfecta y luego de que se rebaja a 40 por ciento su graduación alcohólica, el ron es embotellado a mano en la misma destilería.

“La especie le da al ron un sugerente y muy distintivo aroma dulce con algunos tonos de guayaba y eucalipto, es un aroma suave pero pronunciado, produce un impacto inicial irrefutable que invade la boca, luego se va quemando poco a poco y deja salir el sabor dulce y suave”. Tenaces, qué duda cabe, han conseguido que el artista francés pop Chifumi Krohom pinte una edición limitada de botellas, mientras que el ron de pimienta, osadía sin precedentes, tiene tal personalidad que se defiende solo: ganó un premio doble medalla de oro en el Congreso Internacional del Ron de Madrid y bronce en la International Spirit Challenge de Londres.

Roneros del mundo, Samai viene y viene con galones.

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