Bebiendo el Rom Rincón de Bonaire

Por: Gabriel Balbás

Aruba, Bonaire y Curazao conforman la denominada “ruta ABC” del Caribe. Pequeñas en territorio, pero extensas en paradisíacos paisajes, las ABC son el destino turístico por excelencia para holandeses, estadounidenses y uno que otro venezolano. En este viaje con sabor a ron, me propongo ir tras Bonaire, destino que es (por mucho) menos reconocido que sus pares de Aruba y Curazao, pero que seguramente esconde interesantes playas y un montón de anécdotas.

Cuentan que los españoles llamaron a estas Antillas “Las islas inútiles”, también las nombraron Oroba – de donde se presume se generó el nombre de Aruba- y que algunas referencias asumen que se originó de la contracción de la frase “oro hubo”. Alonso Ojeada y Américo Vespucio descubrieron la actual Bonaire en 1499, y no fue hasta 1636 que los holandeses pudieron conquistar ese territorio. Entre africanos y piratas, llegó la cultura del ron, seguramente con influencias de sus vecinas de Aruba, Curazao y Venezuela.

¿Cómo llegar a Bonaire?

Tan cerca y a la vez tan distante. Un vuelo de apenas 45 minutos separa a Venezuela de las islas de Aruba y Curazao, quienes tienen vuelos directo a diario para conectar con Caracas. Para Bonaire no hay vuelo desde Venezuela, por lo que para llegar hasta allá hay que transitar por el ABC del Caribe completo. También existe la posibilidad de viajar desde Europa, ya que 2 aerolíneas cubren la ruta Ámsterdam- Bonaire, convirtiendo a la islita es un paraíso de verano para los holandeses.

Vuelo Aruba, Curazao, Bonaire

Por costos, y porque realmente esta isla provoca visitarla a cada rato, el primer vuelo lo tomo hacía la isla feliz del Caribe. Aruba me recibe con un sol radiante (o achicharrante) y esa emoción que demuestran sus habitantes hacia el turista. De Aruba a Curazao el vuelo dura escasos 20 minutos. No has terminado de acomodarte tras el despegue, cuando el piloto pide que te prepares para el aterrizaje.

Migración en Curazao es un proceso bastante rápido, y aunque el próximo vuelo será al medio día, aprovecho para disfrutar de la isla. El calor de estas tierras es más marcado, pareciese que la brisa pega menos fuerte. Después de un paseo, abordo otro vuelo de 20 minutos, con la aerolínea INSEL AIR, que conecta a Curazao con su vecina Bonaire.

El aeropuerto de Bonaire

La llegada al aeropuerto internacional Flamingo es inusual: no hay que llenar planillas de migración ni contestar alguna pregunta; creo que no temen que uno se quede en sus tierras, ni es de su interés saber a qué vienes, dónde te hospedas, ni cuantos dólares traes…

El aeropuerto es sorprendentemente concurrido, contrastando con mi creencia de que poca gente visita la isla. Continuamente aterrizan vuelos provenientes de Curazao, y 2 veces al día llegan los vuelos de Holanda.

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Caminando bajo el sol de la capital Kralendijk

Suena a nación árabe, pero se trata de la capital de Bonaire. Kralendijk, con arquitectura similar a Aruba o Curazao, pero ambiente un poco más a pueblo playero, es un sitio tranquilo, cuyas calles se recorren rápidamente – cuando no están atiborradas de turistas que bajan de enormes cruceros que surcan sus costas – con clima cálido y de mucha brisa.

En las reseñas de internet indican que mi hospedaje queda a 5 minutos a pie del aeropuerto, pero tras caminar por más de 20 minutos bajo un sol inclemente – siento que estoy perdido en el medio de un casi desierto, donde las únicas señales de tránsito indican que hay que tener cuidado con los burros salvajes… Opto por parar un Jeep para preguntar hacía donde me queda el hotel, pero recibo como respuesta un “Móntate que yo te llevo”. Durante el trayecto converso con Andrew y Joe, el conductor y el copiloto del vehículo, quienes fueron mochileros en Holanda, por lo que se apiadaron de mí durante la caminata y se prestaron a trasladarme.

Tras la pista del Rom Rincón de Bonaire

Una vez hospedado en el hotel comienza mi primera expedición de la isla ¡Vinimos a conocer sus rones! Los lugareños me comentan del Rom Rincón, el único ron local, destilado por la también única detilería de la isla: La Cadushy. Se trata de un añejo saborizado con especias, cuyo principal atributo es la adición de hojas de una planta que llaman “yerba di holé” (o albahaca de Brasil), que por su intenso aroma es usada para condimentar platos de la cocina tradicional.

El rom (ron) Rincón dista de ser un destilado sutil – pese a su paso por la noble madera de la barrica de roble francés – pero hay que admitir que tiene sus toques sabrosos, con un especiado que te transporta al Caribe con cada sorbo, y ese picor herbal que le brinda el mentolado de la fulana “yerba di holé”. Las cantidades de producción son pequeñas, por lo que no es un ron ampliamente comercial; los locales prefieren consumir otros productos de la destilería, como el cocuy de Aruba, o el licor de especias de la isla de Saba ¡Una pequeña producción de ron, para una pequeña isla!

Las playas de Bonaire

Con botella de ron en mano, voy a la playa para descubrir que no toda la costa tiene arena como de costumbre. En Bonaire lo usual son los bordes rocosos, a los cuales les elaboran una especie de muelle, donde se apostan las sillas plegables para llevar sol, y desde las cuales uno se lanza de chapuzón en sus frescas aguas.

El mar es casi transparente, por lo que es muy popular esta zona para el Snorkeling, incluso sumergido es muy fácil verse los pies, o la arena o en el fondo (a varios metros de profundidad). El idioma oficial es el papiamento, por lo que, de a ratos, pareciese que hablan español (de ahí que digan rom en vez de ron), pero luego detectas que se trata de un dialecto diferente. Todo es bastante costoso: cervezas a 5$, comidas a casi 20$…. no hay buses, y los taxis son escasos; pero si sacas el dedo seguramente alguien te da la cola…

Me despido de Bonaire con bonitos recuerdos. Una isla tranquila, llena de gente amable, con un ron que como diríamos en Venezuela “se deja colar”. Hay que hacer maletas, porque otro puerto nos espera, los viajes con sabor a ron aún continúan.

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