Eliseo Alberto: Brindis por el Ron

Compartimos el artículo “Brindis por el ron“, escrito originalmente por Eliseo Alberto para www.nexos.com.mx y publicado el 01 de mayo de 2009.


Brindo por el ron. Brindo por la fidelidad. El ron (el de caña, el barato, el bueno) no es un amigo ni un aliado ni un testigo ni un cómplice: el ron de caña es un compadre. Abraza. Susurra. Habla en voz baja. Aconseja, aunque sus recomendaciones no siempre destilan sabiduría: sí lealtad. No es lágrima la gota sino sudor. Ámbar en pena. Ámbar llorado. Tiene luz propia, dorada, atardecida. Cálido, amable, familiar, conversador, yo lo prefiero a las rocas —es decir, con cuatro dados de hielo transparente (los hay nevados, témpanos blancos)— con una rodaja de limón verde (los hay amarillos) pegada al cristal del vaso como la redonda cara de un niño recortada en la ventanilla trasera de un autobús.

Con el tiempo y la abstinencia voluntaria, he ido atesorando una valiosa colección de bebidas caribeñas, algunas francamente letales. Las huelo. Son licores piratas, filibusteros, pecadores: naufragios destilados, tesoros disueltos en salitre, elixir de maravillas. El aroma me reanima los recuerdos. Me mojo los labios en un delicioso ron puertorriqueño que me trajo de regalo una muchacha de ojos claros. Abro una botella de ron de Martinica, obsequio de Aimè Cesaire, el poeta que mejor entendió el misterio de Las Antillas, sobre todo Las Antillas Menores, tan distintas al Caribe guerrero, de cimarrones, a mitad de camino entre la tradición y la modernidad. Cierro la botella de la bella Martinica, la islita de Josefina Bonaparte: hay recuerdos que duelen —el de Aimè Cesaire es uno de ésos.

Le saco punta al lápiz. La tarde que la dirección de la revista nexos me invitó a publicar un texto libre sobre el ron, acepté la propuesta de inmediato con la única y personalísima condición de escribirlo a mano y a lápiz para recordar cómo era la vida cuando transcurría de renglón en renglón, de trago en trago, de brindis en brindis, de bar en bar, de lavabo en lavabo, de hipo en hipo, cómo sucedían las cosas antes —antes del descubrimiento de la computadora y sus programas de redacción, antes de que yo dejara de beber (como antes) en homenaje a mi difunto hermano, antes de que se me cansaran los riñones y se desbordaran mis propias aguas de albañal por las alcantarillas de las venas, antes de las catorce pastillas que debo tomarme al día si quiero seguir dándome cuerda, antes incluso de la oraciones anteriores, cuando me quedé dormido en aquel VW de frenos defectuosos, abrazado al volante, esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú, con una imposible Jennifer López de almíbar entre mis brazos, solitarios en el periférico, sedientos, amorosos, madrugadores, y resucité como un náufrago en una camilla de un hospital de camellos, bañado en sangre ya reseca y con dieciocho puntadas en la cabeza, para entonces borrada de recuerdos y prácticamente vacía (sólo repetía la tabla de multiplicar por nueve, un conocimiento perfectamente inútil que no te sirve ni para marcar un número de teléfono); en fin, escribir a lápiz y a mano y con una línea bien servida de ron añejo Siete Años, cubano, matancero, porque se supone que si la dirección de la revista nexos me ha pedido esta colaboración (el propio Héctor Aguilar Camín me hizo el ofrecimiento) debe ser que me consideran un experto en la materia, en el licor, en licores, y este sorbo en ayunas tal vez me ayude a recordar cómo era la vida antes, antes de que yo abriera este larguísimo paréntesis, tres tragos después del primero al que me atrevo luego de semejante sequía, sobriedad, contención, cuando la mente se despejó de repente y pude evocar que entonces (antes) la vida era una cadena de episodios que sucedían siempre a bordo de un acelerado carrusel.

BacardíEl fin de la digresión coincidió con la ruptura del carboncillo del lápiz, suceso intrascendente que me dio la oportunidad de consultar El hijo alegre de la caña de azúcar, la Biblia del aguardiente criollo, esos bellos versículos etílicos escritos por el habanero Fernando G. Campoamor, el historiador del ron —a quien los bebedores y borrachines del patio le debemos, a manera de consuelo, el argumento de que este vicio tiene y mantiene raíces profundas en lo más íntimo de la historia patria, dicha sea esa verdad sin falsos nacionalismos, tan de moda al hablar de símbolos y mitos de nuestros aún jóvenes países—. Leo la historia de Bacardí, un héroe de leyenda: “Facundo Bacardí Massó, emigrante español, experimentaba con la destilación del ron en su casa, tratando de encontrar una fórmula que civilizara las asperezas del ron. Catalán emprendedor y tozudo, Facundo era consignatario de las ruinosas goletas que viajaban entre Santiago de Cuba y las islas del Caribe. Una noche en Martinica, en medio de una antológica borrachera, Facundo le prometió a un francés un sitio en la goleta La Esperanza para trasladarlo a Santiago, de donde el viajero debería partir hacia su patria. Hizo una rápida amistad con aquel hombre, José León Boutellier que en sus maletas sólo llevaba buenos litros de un ron dulzón y extrañamente despojado de la dureza del ron de Jamaica que bebían los santiagueros. La amistad se tornó tan profunda que, mientras esperaba la salida del barco que lo llevaría a Marsella, Boutellier se alojó en la casa de la familia Bacardí. La víspera de su partida, cuando bebían la última garrafa de ron, el francés le confesó a su amigo catalán que su oficio era vinatero y, en prueba de agradecimiento eterno, le confesó la fórmula secreta para fabricar aquel ron suave y fino, fuerte y agradable a la vez, con el que podría adueñarse del mercado de licores de Santiago de Cuba, donde sólo funcionaban cuatro alambiques que destilaban un aguardiente bravucón. Uno de esos cuatro alambiques, El Marino, pasó a manos de José Bacardí, hermano y socio de Facundo, en febrero de 1862. En el techo de la destilería vivía una colonia de murciélagos herbívoros. Considerados un signo de buena fortuna, se les permitió quedarse y se les utilizó como marca de fábrica, naciendo así la figura del murciélago de Bacardí”.

Ron BermúdezVuelvo a brindar por el ron. El fiel ron. El de las cañas de Cristóbal Colón y el buen Don Diego Bermúdez, su compañero de aventuras que sembró los canutos y los atendió con esmero hasta que prendieron, como yacimientos de plata líquida, en tierra americana. Una licorería de Santo Domingo aún lleva por estandarte (y marca) el apellido Bermúdez: la justicia existe. Es un ron muy suave, de enorme prestigio y solidez, que en mucho ha contribuido en el desarrollo de la cantarina isla. Aún está por estudiarse la relación innegable que hay entre la caña de azúcar y el merengue —el ritmo musical no el postre—. Hip. Hip. A diferencia de la mayoría de los rones caribeños, tan poderosos que casi se creen latifundistas, el dominicano se produce mediante un proceso más natural de destilación y su añejamiento a menudo se lleva a cabo en barrilitos especiales de roble blanco americano, lo cual explica su lejano gustillo a madera. No es el barril cubano, oloroso y sabio: una simple astilla de la ronera de Santa Cruz del Norte, la de Al Capone, al este de La Habana, basta para darle sabor de pólvora a un garrafón de melaza —y color de siglos viejos, a los alcoholes—. Los rones de Jamaica, por el contrario, son más pesados, de recia degustación, mezclados y envejecidos con paciencia cruda, durante muchos años. Se procesan a la antigua, casi al sol, a partir de fórmulas y rituales más artesanales que aún confían en las habilidades del alquimista que en la productividad de la industria. El ron de Martinica (también de la pequeña Barbados) es un disparo a la cabeza. Con un contenido alcohólico de altísimo por ciento, sólo los bebedores de estirpe lo aprecian a en su real calibre. Aimè Cesaire era uno de ellos. Lo conocí en sus casi cien años de vida y no hay brindis que no lo oiga reír a carcajadas. Alzo mi vaso en su honor, a manera de homenaje. Trato de recordar sus versos y me viene a la cabeza la tabla de multiplicar por nueve. Ya le voy cogiendo el gusto a las botellas de mi ronera cava de litros regalados. Como antes. ¡Cuánta memoria condensa este brebaje mágico, cocimiento divino, poción del diablo, mi compadrito, desde los cañaverales egipcios atendidos por esclavos, cinco siglos antes de Cristo, hasta los piratas de América danzando sobre las mesas de las tabernas en Isla Tortuga, entre prostitutas obesas, también ebrias, sin olvidar la mañana en que el tartamudo Alejandro Magno le pidió a sus soldados que produjeran “miel de azúcar” por evaporación en caliente de la caña, a partir de un procedimiento que les había enseñado un prisionero de Bengala. Y al Almirante Equivocado, Colón, humedeciendo en su camarote los bastones azucarados por el calor de lo desconocido, aunque navegara con los pies sobre las aguas en su segunda excursión a Cipango y Don Diego Bermúdez le jurara por su madre que no había nada que temer, vencidas ya las venturas, aventuras y desventuras del Mar de los Sargazos. Se me duerme la lengua. Hip. La culpa la tiene Aimè Cesaire. Los poetas siempre tienen la culpa. Todo comienza a girar, compadre, de vuelta al carrusel. Me dejo llevar. Eso me pidieron mis amigos de la revista nexos, ¿no? Un texto sobre el ron. Un elogio merecidísimo. Hip. Hip. Aparece, hermano. Aparece de una vez.

Eliseo Alberto

 

Eliseo Alberto: (Cuba 1951, México 2011), periodista, novelista, poeta y guionista.

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