Ronería: Los diarios del ron

El estallido de varias botellas convertidas en bolos en un bowling de San Juan de Puerto Rico es la metáfora que utiliza Bruce Robinson, guionista y director de la película “Los diarios del ron”, para expresar el estado de Paul Kemp en su primer día de trabajo para el decadente diario La Estrella. Kemp, interpretado por Johnny Depp, es un escritor errante que lleva consigo dos novelas inéditas a quien Lotterman -el director del periódico representado por el veterano actor Richard Jenkins– le ha encargado inventar el horóscopo y cubrir las salas de bowling.

Tras el estallido en primer plano, el rostro de Depp es un resumen de los excesos cometidos –es decir, disfrutados y padecidos- desde los días en que conoció a Hunter Thompson detrás de las cámaras. El Thompson “volcánico, kamikaze, genial y muy colgado” (Carlos Boyero dixit), fue el autor de la novela que da nombre al film. La historia comenzada en 1959 se imprimiría en vida del autor en 1998 y se llevaría a la pantalla 13 años después en su ausencia –Thompson se voló la tapa de los sesos una tarde de 2005- gracias a los oficios del astro de Kentucky quien descubrió el manuscrito tirado en la casa del futuro suicida.

Johnny Depp fue el miembro número 1 del club de fans de Thompson. El actor tuvo un modelo en ese reportero contracultural que inventó el periodismo “gonzo”, una bifurcación del Nuevo Periodismo expresada en un ejercicio víscero-confesional que privilegia la visión del narrador y los pormenores del contexto sobre el hecho, semejante y distinta a la vez de esa línea maravillosa trazada por el genial Truman Capote y cercana a las brillantes crónicas de Gay Talese, que le daría a nuestro autor el prestigio de la firma más psicodélica de la revista Rolling Stone.

A la pregunta hecha por Gabriel Lerman para el diario catalán La Vanguardia sobre el hallazgo de “Los Diarios del Ron”, Depp contestó:

Fue en la época en que me estaba preparando para Miedo y asco en Las Vegas. Estaba trabajando en su casa con sus manuscritos, buscaba entre servilletas de cóctel y tallos de cereza. Abrí una caja de cartón en la que había una enorme pila de hojas sujetas con una banda elástica. Solamente decía: Los diarios del ron. Me dio la impresión de que Hunter no lo había vuelto a tocar desde que lo había escrito. Así que decidí leerlo. Le dije que estaba loco si no lo publicaba. Hunter consiguió un par de editores y decidió publicarlo esa misma noche. Me dijo que teníamos que producirlo, convertir el libro en una película. Me propuso que trabajáramos juntos y acepté.

Quizá Depp, antes de ser Kemp, para meterse en el personaje como pedía Konstantín Stanislavski, al poner un pie en la “Isla del encanto” se serviría un ron con una piedra de hielo para sorberlo y emitir el agrio Aullido de Allen Ginsberg: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa…” Ese himno de los beatniks californianos de los años 50, la misma época en que Paul Kemp, que en el fondo es el mismísimo Hunter Thompson, anda on the road como Jack Kerouac y circula en la redacción como una sangre nueva cuya saturación de alcohol lo vincula al torrente del fotógrafo Bob Sala, su compinche, y del desequilibrado Moburg, antiguo jefe de redacción de las páginas rojas, interpretado por el genial Giovanni Ribisi.

The Rum DiaryDesde su estreno en 2012 el marketing puso en nuestras carteleras “Diarios de un seductor” y en las españolas “Los diarios del ron”: anzuelos que de este lado pudo morder algún estudiante de filosofía amante de Kierkergaard o, acaso, el residuo romántico de nuestro gentilicio; mientras que de aquel lado engancharía a los amantes del exótico destilado en sus distintas y ricas versiones.

No vaya a pensarse por estos títulos que el seductor Kemp se sienta a redactar su diario y pone a pie de página las notas de cata. No señor, nada que ver: el periodista es un antihéroe que no seduce a nadie -lo persigue la impronta del capitán Sparrow de Piratas del Caribe- y más bien es utilizado por Chenault (Amber Heard, la entonces esposa de Depp en la realidad) para librarse de un insípido gángster llamado Sanderson.

Ahora bien, el ron es el verdadero protagonista y posee el don de la ubicuidad: inspira los bolos, pronuncia las ojeras de los personajes, choca las copas de la mafia inmobiliaria, resucita a los gallos de pelea, fortalece el espíritu y otros atavismos de Borinquen, la tierra del edén, la que al cantar el gran Gautier llamó la perla de los mares.


Por Ángel Gustavo Infante

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