Rafael Arráiz Lucca: Ron con pasos y otros casos o vasos

“¿Ron? ¿Mi bebida favorita?”. Antes de responder, escritor que es, paladea el contundente sustantivo que es punto de partida de una serie de asociaciones imaginarias con rango de epifanía. No es arriesgado decir que su vínculo con aquella voz masculina de tres letras que arrancan con un vibrato en el paladar es una clara pista de su devoción por la palabra. De la memoria, como del fondo de un vaso cristalino, extrae una suerte de silogismo que tiene elaborado desde la infancia. Al vocablo ron lo asocia con Carúpano, a Carúpano con el abuelo, y al abuelo con lo inexorable. Lo insoslayable. Lo desconocido. ¿Es así el ron?

Presencia rotunda e intangible, nunca lo vio, al abuelo. Se las apañaría con las fotos de la repisa y los retratos hablados procreados en las conversaciones familiares para construir para sí —y aquí queda retratado el biógrafo— su propia imagen del antepasado. Rafael Arráiz Lucca nació veinticuatro años después de la muerte de su ascendiente. Carúpano, la otra palabra que por años masculló sin referentes, sería igualmente una noción elaborada desde la inventiva, no viajaría a la ciudad de Sucre antes de los 18. El ron, por su parte, no lo probaría hasta ser un mozalbete al que comienzan a salirle los bigotes, estos sí una circunstancia pertinaz y a la vista. Queda confirmado, pues, que primero fue el verbo. “Ron”, “Carúpano” y “Abuelo” fueron,  antes que significados endosables a vivencia alguna, signos intrigantes. Y, como el ron, términos apareados con identidad, tierra y raíz. Arráiz.

“Nuestro ron es el mejor del mundo, no me queda la menor duda, y creo que a nadie”, declara el poeta, ensayista, cronista, entrevistador, biógrafo y articulista, autor de la columna El espejo en el plato y de suculentos textos gastronómicos en la revista Cocina y Vino. Ubicado hacia el centro en el catálogo de los estigmas políticos, desdeña los extremos porque los asocia con fanatismo, irracionalidad, peligro. A las 5 de la tarde, sin embargo, no anhela otra cosa que dulzura, una torta de auyama o mejor una de queso —“nada mejor en el mundo, es la tapa del frasco”— en Madame Blac, por ejemplo, y si ha de aproximarse a bordes que sean los de una copa. Una. Y muy esporádica.

Le interesan, eso sí, todos los contenidos, encontrar, como en los libros, complejidad, metáforas, a la vez que precisión, también sutileza y sin duda calidad, cualidades que pueden endilgársele al ron y otros destilados y licores a los que se acerca, como subraya, con cautela: “Beber es un gusto fortuito, para mí un rito meramente social, una botella en casa, de lo que sea, puede durar meses o más, salvo que sea de vino: seguramente la apuraremos más rápido”. Lo que sea es ron, tal vez vodka o campari, seguramente cocuy de penca, bebida que cuando es de prosapia puede resultarle tentadora, tequila y whisky: aquí se detiene.

Rafael Arráiz Lucca
Foto: Manuel Reverón (Luster Magazine)

Miembro de número de la Academia de la Lengua, también lo es de la de Gastronomía. Curioso de oficio —escribir es indagar—, se deja tentar tanto por los acertijos de la realidad, como por las promesas sensoriales de los fogones. Y es que la misma lengua con la que hila historias —así es este músculo—, saborea y ama. “Me gusta comer bien, siempre hay que intentarlo, contra viento y marea, es un placer que asocio con otros, sin duda es un maravilloso preludio para el cortejo”. Entonces así como ha ido dos, tres veces a Carúpano y se ha refocilado con la deslumbrante experiencia de ver con sus propios ojos los borboteos en los laboratorios donde se extracta el Ron Carúpano (los sustantivos de la infancia ahora son un solo nombre propio) también relata que fue a Escocia un par de veces a seguirle la pista al proceso de destilación de, claro, el escocés.

Y así como le abisma la fineza del producto venezolano que viene de la caña y detenta marca de origen, ese que tiene la costumbre de ganar cuanto concurso internacional de postín hay, “gracias a la devoción de sus hacedores y las variables de clima, humedad, temperatura de esa región que hacen posible el prodigio”, cuando vivió en Inglaterra, invitado como investigador asociado de la Cátedra Andrés Bello en la Universidad de Oxford y fue Visiting Fellow en la Universidad de Warwick, el caballero a quien el Gobierno de España le otorgara la Orden Isabel La Católica, en grado de Comendador, fue al norte a descorchar intríngulis.  

“La gracia está en los ingredientes, la malta es fundamental”, dice el charlista, orador de orden y catedrático, “es la identidad del destilado, los otros whiskies, los blender, son los mezclados, los menos exquisitos”, añade. “También se detecta en el sabor del whisky el terruño, en el caso del escocés la cercanía del mar y el nivel de yodo”, apunta, “como ocurre con el Ron Carúpano que es sin duda una marca emblemática de Venezuela… ojo, también lo es Santa Teresa, el Aniversario es una joya”. La playa, vale decir, fue el escenario donde tuvo lugar su primera aproximación al ron. “El ron, entonces muy muy accesible, sería sinónimo de frescura, de juventud, de compartir con amigos”, lo celebra.

Luego acapararon su atención las uvas, no todas las cepas entran en sus querencias. Cabernet Sauvignon y Sangiovese, sí. Malbec le resulta fuerte y pesada, como el Syrah, caldoso. Lo que no logra entusiasmar al conductor de programas de radio y tele, son los espumantes. “No, no me tienta la champagne”, respinga, pero dígase que su paladar es tan exigente como ávido, y que aprecia tanto ciertos sabores, ingredientes y productos como lo imanta lo desconocido. Pero no es por eso que prefiere por encima de todo —y por encima de todo van— las salsas. “Una bearnesa es algo maravilloso… y me gustan muchas más… es que nada más triste que una pieza de pollo a la plancha, al desnudo, y nada como una merluza o una corvina rociadas de una rica salsa que las repotencien, recuerdo una salsa de salmón, mi pescado favorito, que preparaban en el restaurante Vizio de Caracas, era  una cosa del otro mundo”.

Pero no es porque la salsa cubre y a Arráiz Lucca le guste encontrar, no, “la salsa es acaso el tema principal no solo en la cocina francesa, la pasta sin salsa es muy poca cosa, trigo y ya”. Ah, también la baila. Un gustazo. Dos a por la salsa, dos en salsa, dos, se puede —y debe— aplicar el amor y la seducción a todo. Salud por eso. Puede ser con un vaso de ron.


Faitha Nahmens Larrazábal


Foto 1: Daniel Hernández
Foto 2: Manuel Reverón

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