El ron en primera persona del muy singular Rodolfo Izaguirre, vida de película y algunas tomas

He aquí a un caballero de eternos dones y juveniles rones —“No exagero si digo que durante buena parte de mi primera juventud fue algo parecido a mi sombra”—; un intelectual de vida de película en cuya biografía resaltan increíbles tomas y sorbos compartidos con la cofradía. Aunque en perspectiva considera muy taxativo el tránsito del ardiente dulzor del destilado por su garganta de gran conversador y por su lengua de hipnótico charlista, el vínculo con este líquido existe y es un hallazgo sorprendente que tiene que ver con su cartografía ancestral. El ron es rastro indeleble de la identidad en barrica de Rodolfo Izaguirre, a quien Caracas llama el príncipe de Santa Eduvigis.

“Mi hermano Gustavo, católico y necesitado de sus orígenes, decidió averiguar quién era y de dónde venía. Buscó en diversos archivos hasta que se encontró con tres hermanos que llegaron de España en el siglo XVII. Uno siguió viaje a Chile y agregó una E al apellido Izaguirre. Los otros dos se quedaron en lo que entonces pudo haber sido el país venezolano. Uno murió ahorcado en los llanos acusado de abigeato; el otro se metió a cura. Le dije a Gustavo que personalmente prefería descender del ahorcado y no del cura; comprendió entonces que sus investigaciones resultaron desatinadas, no continuó y guardó silencio”, desliza este hombre de roble, “pero mi hermano José Luis, más sereno, descubrió que un Izaguirre en la República Dominicana, o como se llamase esa nación en tiempos coloniales, era un magnífico ebanista y fue contratado ¡para que hiciera los toneles para envejecer el ron!”.

Rodolfo IzaguirreA Rodolfo Izaguirre le agrada el episodio que involucra a este recontra tatarabuelo y le reconforta que su apellido arrastre no solo el sabor sino el olor y la capacidad del ron “para iluminar mi apagado y taciturno espíritu”, desliza contradiciendo la jovialidad que exhibe a sus 89. Elegante en su sweater amarillo, su favorito, lúcido de sesera e irreverente de naturaleza, el descubrimiento con bouquet literario es miel para el escritor que llega a la palabra desde su prematura pasión por el cine.

(Toma 1: es el niño boquiabierto que no parpadea viendo Lo que el viento se llevó; inolvidable la escena en que Scarlett O’Hara jura, arrancando una raíz de la tierra y masticándola, que nunca más pasará hambre en su vida. Es una epifanía: en casa remeda el rito, juramento incluido, y será profético: “Ser crítico de cine me permitió vivir, por supuesto; pero sin duda no es lo que se diga una vocación lucrativa, nada de eso”, desliza sarcástico. Lo cierto es que la crítica tiene que producir en el lector lo que a él cada película, por eso se esmerará en pulir el verbo, su verbo cáustico, “no tanto que se desgaste”, por eso será premiada su novela Alacranes, recientemente reeditada). 

“Algunos celebran al ron por lo que ofrece de sí mismo; otros aprovechan para tender puentes y comunicarse con quienes muestran dificultades y contradicciones a veces insalvables. Muchos desnudan el alma y revelan secretos largamente escondidos y asoman un aire de felicidad que por lo general vive agazapado detrás de rudos comportamientos. Es que los efectos que provoca el ron en nuestra sensibilidad son ambivalentes: abren o cierran; iluminan u oscurecen, nos hacen reír o nos invitan a llorar”, apunta pensando en las peñas rociadas de ron quien fuera director, por más de 20, de la Cinemateca Nacional. “Un vaso de ron compartido con alguien a quien no estimamos se nos sube velozmente a la cabeza y nos encrespamos, en cambio una botella compartida con el mejor o los mejores amigos nos alegra el ánimo y reímos y cantamos”, asegura elogiando el rito del brindis.

Descarta entonces el término encapillado. “¿Sabrá mejor allí, en la capilla, bajo la mirada de los ángeles? ¿Deleitará aún más en compañía del Príncipe de la Noche si empinamos el codo al codearnos con Él bajo el frío inclemente o al abrigo de 40 grados a la sombra a orillas del Lago de Maracaibo y del eterno resplandor del Relámpago del Catatumbo?”, se pregunta. Y se responde: “Cualquiera que sea el trago, si acepta la cualidad de encapillado deja de ser legítimo porque ya se observa inclinado a la degradación. Pienso que solo debe beber encapillado el cura de la parroquia no satisfecho con el vino que él mismo ha convertido en sangre al consagrarlo y buscará en la capilla o en los anaqueles de la sacristía un trago de ron como compensación más humana”, entra en el templo y pronto sale.

Rodolfo IzaguirreBeber o no beber no es el dilema, el dilema está en las proporciones. “El mayor o el mejor y saludable efecto que produce en mí es que me hace ser inteligente y puedo disertar sobre sindicalismo sin tener la menor idea de que significa ser o pertenecer a un sindicato; navego en ríos de conocimiento que van apareciendo misteriosamente en cada trago. Y cuando creo haber cruzado el distante horizonte de la felicidad lanzo al abismo del desprecio lo que tradicionalmente aceptaba como señal de haber permanecido en el buen camino de la decencia”, dice achacándole al líquido sus cualidades humanas y poéticas, mirando con lupa a la bohemia y las risas estridentes.

Compartió todo, menos la infinitud del tiempo, su liquidez. Familia sólida la que construyó este hombre de una historia de amor, de una vocación, de todas las películas, de todas las peñas de literatura y arte, de bohemia a raya, Rodolfo Izaguirre, residente de la hondura y entre helechos, padre de tres hijos, Rhazil, Valentina y Rodolfo, el experto en iluminación, la diseñadora y el anfitrión de tele, y con todas las razones para celebrar, nada humano le ha sido ajeno, la creación, la política, la poesía, la cocina y la gastronomía. Son célebres sus hallacas. Y su devoción por la casa. Siempre volvió a tiempo para la cena.

(Toma 2: En la casa de siempre, donde se mudaron días antes del Viernes Negro, en 1983, donde crecieron los hijos, donde están los afiches del séptimo arte, Belén, “que sigue aquí”, le dice a su amado, ya enferma, a modo de feliz despedida, sí, feliz despedida dice, que han vivido años maravillosos, “han sido como un juego”; él queda maravillado, aun no se repone. Articulista celebérrimo, los textos publicados en El Nacional en los últimos 17 años son un libro que es memoria. Y acaba de terminar uno que está por editarse sobre su vida con Belén Lobo. Escribirá sobre ella, como le prometió, luego que ella le dijo una vez con sabiduría: “El baile es lo que queda en el aire luego que te mueves”).

“Durante largos años de irreverente juventud y ansiosas búsquedas de lenguaje, junto a mis amigos de Sardio, el movimiento artístico y literario que renovó la literatura venezolana a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, los cadáveres exquisitos del surrealismo francés exorcizaba con cervezas y tragos de ron la ferocidad policial de la dictadura de un fascista rechoncho y ordinario llamado Marcos Pérez Jiménez; y fueron muchos los tragos de ron con limón que nos echamos entre pecho y espalda mi amigo Salvador Garmendia y este servidor en bares y botiquines de Caracas y de Barquisimeto, su ciudad natal”, dice obsequiándonos una imagen nítida de mozos ya intensos, escenario urbano incluido. “Eran locales de mala muerte en los que sus administradores regaban aserrín en el piso para evitar los pichaques provocados por los derrames de la cerveza de sifón”.

Tan denso aquello que rozaría la muerte más tarde, luego que la bohemia se alió al Techo de la Ballena un movimiento más iracundo y dadaísta. “Resultó ser un trágico proceso de autodestrucción que se llevó al más allá a muchos de mis compañeros de generación por el excesivo abuso y desaforados tragos de variados licores de marca. La República que no lograron fundar con las guerrillas de los años sesenta, de clara inspiración cubano castrista, la instalaron llamándola la República del Este en el Bar y Restaurante El Vecchio Molino, en el boulevard de Sabana Grande y allí la muerte los estaba esperando”.

(Toma 3: Rodolfo Izaguirre jura que falta un largo trecho para su muerte, que verá el nuevo país, que le es útil a los estudiantes de cine y esa tutoría constante le da mucha vida, que ya va)

“Ninguna inhibición puede ser alegre así como tampoco ningún buen trago puede ser triste. A Rubén Darío le gustaba el ron de Jamaica; a mí, el de Venezuela porque hereda todos los sortilegios de la asoleada región del Caribe y sé que en el Oriente del país hay muy buen ron. Es justo que sea en el Oriente porque es allí donde aparece el sol y puede ocurrir que una noche de tragos nos haga presenciar la aurora y el naciente Sol conceda mayor nobleza a la disipación, es decir, al relajamiento moral de una noche intensa”.

Tiene sin embargo preferencias que cada vez son más definitivas. “!La poesía es propicia al trago!”, desliza, “pero lo es ¡qué duda cabe! el lenguaje cuando alcanza la cumbre más elevada y la sintaxis equivale al armonioso y festivo brindis de la Traviata”. La exquisitez se mezcla sin hielo. La de las formas, la de aquello que achispa. “Si me pones ahora a escoger preferiré, con tu permiso, el vino… es mucho más milagroso que el ron, su cuerpo se ajusta a las carnes rojas o a la tersura del pescado y la copa que lo contiene blanco, rosado o rojo es más delicada y de talle más esbelto que el vaso que se llena de ron, fíjate que la mano que sostiene la copa deja de ser garra para convertirse en pecíolos de flores de intenso aroma y color. Y es glorioso que sea el vino el que recorra las páginas más enaltecedoras de la novela francesa y empape de ilusiones a veinte poemas de amor y a una triste y solitaria canción desesperada, pero nada nos impide tomarnos ya un roncito”.

Salud.


Escrito por Faitha Nahmens Larrazábal.

Imágenes tomadas de photomanifiestosesion.blogspot.com

, , , , , , , , , ,