Ronería: García Márquez rum

Por Ángel Gustavo Infante

A los 21 años de edad Gabriel García Márquez intentó irse con el Gran Circo Razzore; pero, por fortuna, el destino le tenía asignada una troupe más cercana a su naturaleza. Apenas era Gabito -como lo llamaban sus parientes en el sopor de Aracataca- un muchacho mediano, flaco, de incipiente bigote y cabello rebelde, que llegó a Curramba la bella; es decir, a Barranquilla, con el domador de fieras Emilio Razzore quien desde allí volaría desconsolado a Miami para reconstruir la Compañía que el mar se tragó poco después de zarpar de La Habana.

Cuando la figura circense desapareció en el aire se disiparon también sus sueños de prestidigitador y el instinto literario lo condujo hacia un trío maravilloso que le brindaría un estado de gracia mantenido por el ron, el talento y la amistad. Este trío de “juerguistas descomunales, mordidos por la literatura” -según Plinio el joven, hijo del viejo Mendoza Neira- fue una “pandilla de enfermos letrados” –según el propio Gabo- integrada por el tartamudo Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y el insólito Álvaro Cepeda Samudio que aplicaba la fórmula ron + limones + ron para darle fluidez a la lengua de Fuenmayor y poder hablar hasta el amanecer de las literaturas del mundo.

Y aquella noche de mayo de 1949, conocida a posteriori como “La noche de Barranquilla”, gracias a la fama creada por sus colegas cartageneros y pese a su natural timidez, el novelista en cierne pudo experimentar el éxtasis de la cumbiamba en el patio de la Negra Eufemia, un prostíbulo rodeado de frondosos tamarindos en las afueras de la ciudad. Animado por el destilado de marras, la prosa inteligente de sus interlocutores y la presencia de las buenas muchachas del negocio, no conforme con bailar los mambos de Dámaso Pérez Prado que hacían furor en el Caribe, saltó de espontáneo hasta la pequeña tarima de los músicos y al compás de las maracas cantó varias piezas de El Inquieto Anacobero, invocando los favores de la Virgen de Medianoche como llamaban a una de las chicas presentes.

Inspirado aún en Daniel Santos quizá haya recordado otra noche, aquella en la que volvió a nacer, en la casa de la primera Nigromanta, cuando vivía con su familia en el puerto fluvial de Sucre; porque en aquellos momentos estaba en la casa de la segunda Nigromanta, la Negra Eufemia, futuro personaje en Cien años de soledad. La primera tenía 20 años y piel de cacao. “Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto”, diría el veterano autor mucho tiempo después. Su único defecto era un marido policía, alerta e insatisfecho, que una noche los sorprendió en plena faena.

Gabito, aterrado, respondió como un autómata a la invitación del hombre quien se sentó a la mesa, destapó una botella de ron, sirvió dos vasos y colocó el revólver al lado de la botella. El tiempo se detuvo. La lluvia cesó. Cuando abrió la segunda botella, el cornudo se llevó el revólver a la sien y apretó el gatillo, pero no hubo estallido. Entonces le pasó el arma al rival y éste se la devolvió esperando lo peor.

Vivió para contarla gracias a que su padre boticario le había curado una gonorrea al policía algún tiempo atrás.

El eco de su voz se demoró entre los tamarindos: Sabrá Dios cuántos le estarán pintando ahora pajaritos en el aire / Yo no he podido ni podré querer a nadie con tan loco frenesí…

En la mesa, como diría Álvaro Cepeda, todos estaban a la espera para declararlo uno de los suyos, regalarle el resto de la noche y rogarle a las Nigromantas el auxilio de sus artes para retrasarle la muerte a Santiago Nasar con las dos mil botellas de ron consumidas en la boda de Angela Vicario y Bayardo San Román en Crónica de una muerte anunciada, hacer de la novela una mentira feliz y acompañarlo a él, a Gabo, como lo bautizó para siempre Jorge Zalamea, en la gloriosa noche de Estocolmo de 1982 y levitar sobre la barrera del tiempo, entre las botellas y las mesas barranquilleras, hasta finales de 2013 para brindar en Antioquia con el Ron Maestro Gabo.

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