Ronería: Mosaico Caribe

Él la llama, la arma como un rompecabezas, la dibuja uniendo números.

La huele: ron, canela, azúcar prieto.

Severo Sarduy. De dónde son los cantantes (1967)


La ubicuidad es un don que sólo Dios y el ron poseen en esta zona. Ambos hacen nuestro itinerario terrenal y conducen el spirit hacia lugares sagrados o profanos. Entre el nacimiento y la muerte, el grato paréntesis sexual es regado con generosidad por el destilado en tierra firme y en los pequeños archipiélagos creoles.

Desde La Habana de Sarduy -una “ciudad donde hay una destilería, un billar, una puta y un marinero en cada esquina”, y se bebe daiquirí a toda hora- hasta La Guaira de Guillermo Meneses -donde las muchachas públicas del barrio Muchinga complacen las peticiones de los más exigentes lobos de mar, animadas por tragos de botellas sin etiquetas-hay fragmentos de tierra como Martinica donde se expresa la sensualidad femenina:

Un cálido olor a caramelo y alcohol de caña sube de la destilería y viene a desafiar su nariz. La joven disfruta ese olor, más fuerte que un aroma de ponche, mucho más embriagante que ese “cóctel tropical” que sirven en el Gran Baile anual de los Oficiales. Es el efluvio perturbador, misterioso para ella,  del ron en elaboración.

Emma, esa misma joven creada por Suzanne Dracius, podría decir como Lorena Vásquez, la actual Master blender del guatemalteco Ron Zacapa: “Yo estoy casada con el ron y lo disfruto mucho”, porque como ésta conoce muy bien la materia:

Emma ha tomado ron: el claro, el añejado, el ambarino, también el blanco agrícola, con una pizca de guarapo de caña aromatizado con vainilla, o con grosella criolla en Navidad, una chispa de azúcar morena o un dulzor de miel y mucho limón verde.

A su paso, el tiempo nos ofrece un coctel especial: la mezcla del placer y el conocimiento que se irá expresando en la creación de un oficio al concluir la pelea a muerte entre corsarios y piratas.  El catador es el nuevo sujeto que debe graduar el destilado y guardar la compostura ante el vendaval que éste puede desatar en los sentidos a partir del jugo de caña o la melaza, para poder esparcir la luz entre los consumidores y advertirle a los asiduos a la taberna de V. S. Naipaul ubicada en Pagotes, un lugar en la isla de Trinidad, que su dependiente, el señor Biswas, los engañaba, porque “El ron era el mismo, pero los precios y las etiquetas diferentes: Indian Maiden, The White Cock, Parakeet”.

Algo que, salvando las distancias, ya saben en la Guadalupe los personajes de Hector Poullet:

No es un oficio fácil, porque no se trata sólo de medir el grado de alcohol del tafia; también hay que tomar en cuenta el sabor del guarapo, el calor del sol que caldea el cañaveral y que se te sube a la cabeza de un soplo con sólo tomar un trago de ron, que te calienta el cuerpo y fluye cálido por tus venas para ponerte a sudar como verdugo confesándose. También hay que saber descubrir en esa misma copita de ron la voluptuosidad del agua para la destilación, agua de manantial clara y fresca que brota de las laderas de La Soufrière y hace que nuestra “agua de Bolonia” –no de Colonia sino de Bolonia- no sea un ron cualquiera.

ronSi bien la razón y la técnica contribuyen con el mejoramiento del producto y el refinamiento del gusto, ello no implica ni la reducción de principios, o caprichos atávicos, ni el progreso –e incluso el cruce- de oscuros cultos y religiones oficiales como puede observarse en cualquier etapa de la vida.

En algunos fragmentos de este mosaico Caribe se le rinde culto al Dios Tafia, suerte de Baco afro-francófono, que rige los efectos de un ron grueso y primario en un evento vudú descrito en Haití por Morisseau-Leroy: “Entonces el aguardiente y el tafia corrieron como agua de pozo en el mayor ounfó nunca antes visto por la población de Grand-Gosier”.

Al principio y al final, como dijo el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor, “Todo es fiesta, hasta la muerte misma es fiesta”. De allí que algunos pidan un barrilito de “agua de fuego” en su ataúd, o clamen, como en La Habana de Sarduy:

Ron que haya en mi velorio.

Ron y recogimiento.


Escrito por Ángel Gustavo Infante

, , , , , , , , , , , , ,