Ronería: Un Cacique doble en Salamanca

Una vez casi me congelo en España. Ocurrió a comienzos de siglo cuando fui a dictar la Cátedra Ramos Sucre en la Universidad de Salamanca. El curso se iniciaba con el invierno y yo iba bien preparado para afrontarlos. Al primero con un programa titulado “Venezuela país portátil”, que tenía la novela de Adriano como núcleo para hablar de nuestra narrativa, y al segundo con una indumentaria novedosa para alguien que vive en un lugar cuyas cuatro estaciones son dos: llueve y escampa; léase un equipo conformado por chaqueta, cuello, gorro y guantes ad hoc.

Llegué a Barajas el último viernes de noviembre y pude verificar que el invierno aún no se escribía con mayúsculas. Avancé entre la temperatura estándar del metro hasta Conde de Casal y luego, lejos de imaginarme que pronto estaría en riesgo de muerte, esquivé no sin esfuerzos a una multitud de gitanas que insistía en adivinar mi futuro, hasta llegar a la terminal de autobuses envuelto en un frío de altas y bajas.

Salamanca

Entré a las tierras de Castilla y León a mediodía. Me recibió un  comité unipersonal conformado por la discreta profesora Carmen Ruiz, quien me condujo a la residencia del Colegio de Oviedo, me dio algunos datos y sugerencias y me dejó en compañía de una bolsita de frutas.

La cátedra se instalaría el lunes. Tenía el fin de semana para aclimatarme. Y así lo hice en compañía del poeta Miguel Marcotrigiano quien ya tenía un semestre en el doctorado y sabía la vida y milagros de todo el mundo. Miguel era un destacado ejemplar de la fauna literaria caraqueña a quien solía ver en los bautizos de libros. Para el momento ignoraba su paradero y “ni de coñas” -como dicen allá- podría adivinar que me lo encontraría allí y que, de paso, sería mi alumno y compañero de viaje.

Pronto nos hicimos a la noche y me comentó sobre la presencia de dos paisanos nuestros en cada bar, en cada tasca o taberna de la localidad. Pensé en bebedores ilustres como Carlos Contramaestre y Caupolicán Ovalles que habían vivido allí en los remotos años cincuenta del siglo pasado, pero cuál no sería mi sorpresa al saber que no eran hombres sino rones, los rones Pampero y Cacique que, al parecer, tenían la exclusividad del mercado español o, al menos, la preferencia de los clientes.

Ron secoLa sorpresa me hizo sentir como en casa: Cacique nació en 1961 cuando yo daba mis primeros pasos y Pampero en 1938, la época de mis padres. En lo sucesivo respiraría ese aire familiar incluso en Las Caballerizas, el bar de la universidad, donde de tarde en tarde compartía unas cañas o birras con algunos alumnos.

No obstante, un tempranillo de la Ribera del Duero fue reduciendo esos ataques de identidad nacional y unos cuantos riojitas terminaron de eliminarlos durante mi estancia; pero sin saberlo, desde el fondo de los anaqueles el fiel Cacique estaba pendiente.

Diez horas semanales duraba el maratón académico en Anayita, a razón de dos por día entre las 12 y las 14; es decir, a la hora del burro mestizo enseñaba yo en el edificio Juan del Encina y luego libraba o, mejor, libaba; aunque no pocas tardes disfruté también de los techos medievales desde el balcón de la biblioteca, de las visitas a la Casa Lis y al Palacio de Abrantes.

Una invitación de la profesora Ruiz acabó con mis planes para el segundo fin de semana y, en lugar de irme de tapas por Madrid y visitar los museos, terminé en un campo cercano a Vitigudino persuadido por Miguel ante la inconveniencia de despreciar “nada más y nada menos que a la coordinadora del doctorado”. Valió la pena aquel paseo entre encinas y abedules cuyos tallos mostraban las marcas de los colmillos de algún jabalí nocturno como el que sale en la etiqueta de la ginebra Gordons.

El insoportable domingo nos sirvió para planificar un viaje a Lisboa. El lunes, después de clase, fuimos a una agencia de viajes y compramos un paquete que incluía pasaje de ida y vuelta en tren y alojamiento de dos noches en el Hotel Nacional. Así aprovecharía mi tercer fin de semana que por poco no fue el último de mi vida.

SalamancaEsa semana trabajé hasta el jueves. Como en todas partes del mundo, los alumnos no disimularon el regocijo ante mi ausencia justificada del viernes. El tren con destino a Lisboa venía de París y a las cuatro de la madrugada pasaba por Salamanca. Y nos advirtieron que sería súper puntual. Puntualísimo, se encargó de recalcar Miguel después de cada clase.

Entonces como yo sabía que no podría dormir tranquilo pendiente de la hora, le propuse a Miguel pasar por él a medianoche, hacer tiempo entre tapas y luego tomar un taxi hasta la estación. Estuvo de acuerdo y así lo hicimos sin percatarnos del descenso acelerado de la temperatura que ahuyentó a todos los taxistas de la ciudad.

SalamancaEl par de kilómetros hasta la estación del tren es el trayecto más largo y difícil que he recorrido en mi vida. A cada paso sentía que se me congelaba el alma. La aguda puntada en el pecho que ya había sentido una noche en los alrededores de la Plaza de Anaya se hacía cada vez más fuerte. Comenzaba a no sentir los brazos cuando vislumbramos el nombre del cielo en impecables letras de neón.

Al entrar al café de la estación vi a Dios detrás del barman y le pedí enseguida con voz petrificada:

           -Un Cacique doble por favor.


Ángel Gustavo Infante

@angelgustavoinfante

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